Historias de niñez: El Pillán y los abejorros, un cuento Mapuche.

Por José Montalva @josemmontalva
Ilustraciones Valentina G. R.

Recuerdo que cuando tenía 5 o 6 años en el huerto de mi abuelo Pedro, en Lago Rapel, le pregunté que son esos tata, apuntando a un ruidoso abejorro que revoloteaba sobre las plantas de tomates.-Es un hada de los bosque me respondió él- no eso no es un hada le dije teniendo presente sólo la imagen de Campanitas de Peter Pan en mi cabeza. Mira Chucho te contaré una historia.

abejorro-hada-Facebook

Hace mucho tiempo atrás antes de la llegada de los españoles a América, vivían en estas tierras varias tribus, ellas vivían en armonía con la naturaleza, los bosques eran majestuosos, las montañas se erguían imponentes con sus picos nevados, el hombre gozaba de buena pesca, abundancia de animales de caza, los huertos crecían fecundos y todos vivían felices. Pero repentinamente todo empezó a cambiar, un espíritu maléfico había llegado a vivir entre ellos, el Pillán.

Con el tiempo el Pillán fue repartiendo sus secuaces entre los pueblos, robándoles a los hombres la virtud. El Pillán día a día fue adquiriendo más y más fuerza, tanto así que las noches presentaban un aspecto tenebroso, de los cráteres lava y fuego explotaban inundando el cielo en un color rojizo mezclado de llamas y cenizas. Las montañas cercanas parecían arder hasta el fondo de las quebradas, el aire muchas veces se tornaba irrespirable y al mirar directo al cráter del volcán parecía estar viendo las fauces del mismo infierno.
Cuando los hombres trataban de volver al trabajo, inspirados por los buenos espíritus, el Pillán enfurecido hacia temblar la tierra y estallar los volcanes.  Se decía que para vencer a este mal espíritu había que arrojar al cráter del volcán Osorno una hoja de canelo y que entonces empezaría a caer del cielo tanta nieve que concluiría por cerrar el cráter, dejando prisionero al Pillán. Pero los hombres no podían llegar al cráter, porque se lo impedían las escarpadas quebradas que rodeaban los volcanes.
Llegó un momento en que los hombres estaban tan atemorizados que no podían vivir en paz, entonces los jefes de todas las tribus decidieron llamar a un gran consejo.
Ese día mientras los jefes y sabios de todas las tribus discutían de cómo llegar a la boca del volcán, apareció entre ellos un misterioso anciano de largo cabello cano y profunda mirada, nadie supo quién era y de donde venía, el anciano tomo la palabra y dijo: para llegar al cráter es necesario que sacrifiquéis a la virgen más hermosa de la tribu. Debéis arrancarle el corazón y colocarlo en la punta del Pichi Juan, tapado con una rama de canelo. Veréis entonces que vendrá un pájaro del cielo, se comerá el corazón, después tomará la rama de canelo y elevando el vuelo la dejará caer en el cráter del Osorno. Luego de sus palabras el misterioso anciano desapareció tan repentinamente como había llegado.
En el mismo gran consejo los sabios de todas las tribus concordaron en que la más virtuosa de las vírgenes era Licarayén, la hija menor del gran cacique, la hermosa joven sin duda era la mas bella de toda la comarca, pero además poseía un alma pura, más blanca que los pétalos de la flor de la quilineja.

Temblando y abatido, el mismo gran cacique llevó la noticia a su hija. No llores -le respondió ella- muero contenta, sabiendo que mi muerte aliviará todas las amarguras y dolores de nuestro valeroso pueblo. Sólo pido un favor: que para matarme no usen vuestras armas, quiero que me maten con el perfume de las flores. Estas han sido el único encanto de mi vida, y quiero que sea el toqui Quiltrapique quien me arranque el corazón.

Y así se hizo. Al día siguiente, cuando el sol empezaba a aparecer, un gran cortejo acompañó a Licarayén al fondo de una quebrada en medio del bosque de los pehuenes milenarios, Quiltrapique ya tenía preparado un lecho con las más perfumadas flores que había encontrado en los prados y bosques. Llegó Licarayén y sin queja ni protesta alguna se tendió sobre aquel lecho de olores que había de transportar su alma a la eternidad.

Cuando la tarde llegó a su fin y se enmudeció el último pajarillo, la virgen exhaló su último aliento de vida. Se adelantó el toqui y más pálido que la misma muerte se arrodilló a su lado y con la mano temblorosa rasgó el núbil pecho de Licarayén, arrancó el corazón, y siempre silencioso, con paso vacilante, fue a depositarlo en manos del gran cacique. Volvió después el toqui adonde se encontraba la virgen, una solitaria lágrima se dejo caer sobre su mejilla y sin proferir palabra o murmullo se atravesó el pecho con su lanza.

El más fornido de los mancebos fue encargado de llevar el corazón y la rama de canelo a la cima del cerro Pichi Juan, que eleva su cono agudo donde termina el llano. Y he aquí que apenas el mancebo había colocado el corazón y la rama de canelo en la roca más alta del Pichi Juan, apareció en el cielo un enorme cóndor, el mas grande y esplendoroso cóndor que jamás hayan visto ojos humanos, este bajando en raudo vuelo, de un bocado se engulló el corazón y arrancando la rama de canelo emprendió el vuelo hacia el cráter del Osorno, que en esos momentos arrojaba enormes haces de fuego. Dio el cóndor, un vuelo espiral, tres vueltas por la cumbre y después de una súbita bajada, dejó caer dentro del cráter la rama sagrada. En el mismo momento aparecieron en el cielo negras nubes y empezó a caer sobre los volcanes una lluvia de plumillas de nieves que a los rojos fulgores de las llamas del cráter parecía lluvia de oro. Se desató una lucha titánica, el Pillán enfurecido no quería ser encarcelado, las columnas de llamas parecían tocar las estrellas.  Y llovió nieve; días, semanas, años enteros, cayó tanta agua del cielo que se formaron los lagos Llanquihue, Todos los Santos y Chapo. Un día del volcán como estertores de un monstruo moribundo, salieron cientos o miles de copos refulgurantes como la lava misma. Pronto la gente de la aldea los vio venir revoloteando, zumbando y felices los recibieron. El Pillán había sido derrotado. Los abejorros de dispersaron rápidamente llevando la buena noticia a las otras tribus, desde las montañas hasta la costa y más allá de las tierras lejanas. Desde ese día los diwmeñ (abejorros) cuidan de las flores en honor del sacrificio de Licarayén y le recuerdan al hombre que es la virtud la única arma que tienen para vencer al Pillán.

La profecía dice que cuando los diwmeñ empiecen a desaparecer el mal volverá a este mundo…

Muchas veces pensé en este cuento como una de las tantas historias de mi abuelo para asombrar mi alma de niño, ahora que han pasado los años y ya mayor puedo encontrarle el sentido a las sabias palabras de mi tata…

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